Vaya por delante que espero que llegues.
Quiero abrazarte y sentir que mi corazón
estalla de tanto quererte.
Lo siento igual
cuando miro al que será tu padre.
La verdad es que ya te estoy queriendo
y solo estás en mi pensamiento.
Pero no puedo negar que al pensarte
se asienta en mi tripa todo miedo.
No es miedo a dejar de ser yo
o la pérdida de tanta comodidad.
Tampoco es pereza.
Qué va.
Mi miedo es a este mundo,
a las personas que tienen el poder,
al odio que, aunque tratemos de evitarlo
con la fuerza de los besos,
vas a encontrarte de frente.
Tengo miedo a tus daños,
ésos que nosotros mismos generamos
a base de tanta maldad,
egoísmo y crueldad
que hacen desear nuestra extinción
para que el resto de animales
vivan mejor.
Tengo miedo a que sufras
todo lo malo que nos acecha
por ser tan hipócritas,
que es lo que más somos.
Tengo miedo a no poder protegerte
de todos los males que algunos
malnacidos
llevan consigo.
Tengo miedo a que no sepamos hacerlo.
Pensarte
me inunda y me asusta.
Pero ganas por goleada
cuando resuena
la que será tu risa
y se lleva todo tormento.
Entonces,
cojo la mano a tu padre
y le propongo
que vayamos a buscarte.
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